miércoles, 24 de mayo de 2017

Historia de la advocación de María Auxiliadora y la explicación de su cuadro


            
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora.
Que en su idioma, el griego, se dice con la palabra “Boetéia”, que significa “La que trae auxilios venidos del cielo”.

San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama “Auxilio potentísimo” de los seguidores de Cristo.
Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotokos y Boetéia).
En el año 476 el gran orador Proclo decía: “La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto“.
San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen “Auxiliadora de los que sufren”.
Y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la “Auxiliadora de los enfermos” se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo.

El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María “Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles” e insiste en que recemos para que Ella sea también “Auxiliadora de los que gobiernan”.
Y así cumplamos lo que dijo Cristo: “Dad al gobernante lo que es del gobernante” y lo que dijo Jeremías: “Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien”.
San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: “María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo”.
San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: “María Auxiliadora rogad por nosotros”.
Y repite: “La Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte”.
San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: “Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria.
Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda”.
Su mayor milagro lo realizó en la Batalla de Lepanto contra los musulmanes.

LA BATALLA DE LEPANTO


En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa.
En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras.
Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano.
Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma.

Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión.
Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo.
El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto.

Mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. 

En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario.

Y que en las letanías lauretanas se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.
Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradia de María Auxiliadora en reconocimiento de tan gran favor.
Y con pasmosa rapidez se difundió esta devoción en Alemania, Italia y por todo el orbe.

EL PAPA, NAPOLEÓN Y LA FIESTA DE MARÍA AUXILIADORA

martes, 23 de mayo de 2017

Apostolados menudos XIX - Final (el apostolado del amén) - San manuel González García

El apostolado del amén


         «No se debe hacer lo que es malo por ninguna cosa del mundo, ni por amor de alguno; más por el provecho de quien le hubiere menester, alguna vez se puede interrumpir la buena obra o también emprender otra más perfecta.
            De esta suerte no se deja de obrar bien, sino que se muda en mejor.»
                                    (Imitación de Cristo, lib. I, cap XV)


Apostolado bueno


Éste sí que es el Apostolado de las tres B: ¡Bueno, bonito y barato!
          Bueno, como fundado, adornado y aliñado con la caridad humilde del que ríe con los que ríen, llora con los que lloran, arde con los que se queman y está presto a sufrir cualquier quebranto por no dárselo a su prójimo.
          ¡Vaya si es bueno pasarse la vida repartiendo amenes a amigos y enemigos, conocidos o desconocidos, altos o bajos y con todos los que hayamos menester tratar sin más límites que el que la justicia marca!
          El apostolado del amén es tener para todo gusto lícito del prójimo que tratamos, para toda opinión en materias opinables, hasta para cualquier capricho inocente o indiferente, un amén de apacible, cariñosa y sincera conformidad o deferencia respetuosa, al menos.    Y esto por una doble razón, de justicia, la una, y de caridad, la otra.

Por justicia yo no debo oponerme a los gustos, opiniones y aun caprichos no malos de mi prójimo y, además, obligarle o forzarle a que acepte los míos, que es en definitiva a lo que tiende toda discusión o diatriba, porque ni Dios ni autoridad ninguna me han impuesto ese deber, pues se trata de personas sobre las que no tengo obligación de ejercer el oficio de corrector o educador y de cosas que en definitiva pueden ser como las ve mi prójimo y no como yo las veo y juzgo, y por caridad, conforme al viejo refrán de que «más se alcanza con una dedada de miel (que a eso equivale la condescendencia de mi amén) que con una cuba de hiel» (que no a otra cosa vienen a parar las discusiones de los gustos y opiniones de los que trato).


Apostolado bonito


          Por las fealdades que impide y por las bellezas que aporta.
          Fealdades: ¿Han visto ustedes una cosa más fea que una cara iracunda o descompuesta por una discusión?
          Yo recomendaría a los aficionados a salirse con la suya a todo trance y a fuerza de notas altas y caras feas, el uso de un espejito de bolsillo para estos casos: ¡les auguro el remedio eficaz!
          Y si la cara se pone tan fea y a su vez es el espejo del alma ¿me queréis decir cómo se pondrán las almas de los porfiados y tercos mantenedores de sus pareceres y opiniones? ¡No hay placa que resista esa fotografía!
          Bellezas: En cambio ¡qué irradiación de paz, dominio de sí mismo, caridad atrayente y simpatía proyecta el amén prodigado afable y discretamente a esos mil tropiezos que el genio, los nervios y el amor propio de los demás nos regalan cada día, y cuando la naturaleza del tropiezo no lo permita sin mengua de nuestra conciencia, un gesto, al menos, que expresando la disconformidad insinúe deferencia y respeto al contrario!
          Todo lo que de atracción, bondad y hasta acatamiento pone esa prodigalidad del amén para con los prójimos que tratamos, pone de repulsión, si no de grotesca ridiculez, el pero o el contra de los eternos contradictores.
          Éstos están para siempre ridiculizados en esta frase: Señores, señores, -se supone que dicen al llegar a cualquier reunión de conocidos-, que yo digo lo contrario de lo que ustedes, estaban diciendo... ¿qué decían ustedes?...


Y apostolado barato

lunes, 22 de mayo de 2017

Apostalados menudos XVIII (El apostolado de dar la razón a los que mandan) - San Manuel González García

El apostolado de dar la razón a los que mandan.

    El nombre

     
          Rarillo, ¿verdad?, pero en un momento quedará disuelta la rareza.
           Han de saber ustedes, señores y amigos lectores, que una de las cosas que voy aprendiendo en mi ministerio de tratar y salvar prójimos, es que a la mayor parte de ellos les cuesta más trabajo dar la razón a otros que dar el dinero.
          Y ¡cuenten que hay epidemia de bolsas y manos cerradas!
          ¡Dar la razón!
          Ahí es nada la generosidad que esa dádiva supone en la mayor parte, y casi diría en la totalidad del género humano civilizado y... ¡no digo nada del por civilizar!
          Y dar la razón a los que están un dedo más alto que nosotros, con prontitud y sinceridad, sin reservas ni recámaras de segundas o terceras intenciones... ¡heroísmo, heroísmo!


Lo razonable y lo no razonable


          Ante todo advierto que el apostolado que ahora preconizo no es apostolado de dar la razón a troche y moche, ni a ojos cerrados.
          El negar la razón a lo no razonable puede ser tan meritorio como darla a lo razonable.
          El error, el vicio, el escándalo y lo que envuelve peligro de unos u otros males, expóngase por quien se exponga, por alto que esté y preséntese como se presente, no merece más que esto sólo: desprecio y reprensión.
           Pero fuera de lo no razonable, ¡cuántas cosas razonables se dicen y hacen por nuestros superiores que no sólo no logran el agasajo de nuestra razón sino que tienen que sufrir el arañazo, el desplante o la burla de nuestra contrariada, mohina y descontentadiza razón!
          Y no se diga que son cosas del otro jueves o de las que depende el equilibrio europeo contra las que nos ensañamos (ésta es la palabra harta veces), quitándoles la razón, sino minucias y nonadas y, cuando más, manifestación de opiniones o sentimientos personales para las que no nos piden voz ni voto, ni nos dan arte ni parte.
          ¿No habéis observado, por ejemplo, con qué calor y enfado solemos negar o discutir la razón que nuestro pariente, amigo, vecino y transeúnte tiene para ir quejándose o riéndose, vestido de blanco, de negro o de verde, mirando hacia arriba o hacia abajo, diciendo que hace buen tiempo o malo y una lista de etcéteras interminables y de cosas tan transcendentales como las de la lista anterior?    Pues bien, si ese prójimo discutido tiene la suerte de ser superior, ¡que busque impermeable o coraza para defenderse del chaparrón de discusiones sobre sus gestos, dichos, actos, intenciones y hasta asomos de intención!
          Yo creo que hay hombres y mujeres para los que el día más feliz de su vida sería aquel en que se convencieran de que en todo el mundo nadie llevaba razón más que ellos...


Una nueva clase de avaricia


          Y ahondando un poco en la psicología de este fenómeno tan extendido y tan intenso, de esa fuerte propensión del corazón humano a quitar o no dar razón, me inclino a establecer una nueva clase de avaricia: la de no dar la razón, como la hay de no dar dinero.


Sus leyes

sábado, 20 de mayo de 2017

El nombre de Jesús, esplendor de los predicadores - San Bernardino de Siena





"El nombre de Jesús es el esplendor de los predicadores, ya que su luminoso resplandor es el que hace que su palabra sea anunciada y escuchada. ¿Cuál es la razón de que la luz de la fe se haya difundido por todo el orbe de modo tan súbito y tan ferviente sino la predicación de este nombre? ¿Acaso no es por la luz y la atracción del nombre de Jesús que Dios nos llamó a la luz maravillosa? A los que de este modo hemos sido iluminados, y en esta luz vemos la luz, dice con razón el Apóstol: Un tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz.
Por lo tanto, este nombre debe ser publicado para que brille, no puede quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido. Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Éste es un vaso que me he escogido yo para que lleve mi nombre a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel. Un vaso —dice— que me he escogido, como aquellos vasos escogidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, para que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para que lleve  —dice— mi nombre.

Apostolados menudos XVII (el apostolado de la buena cara) San Manuel González García


El apostolado de la buena cara

          «Cuando ayuneis no os pongáis caritristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad, os digo, que ya recibieron su galardón.
          Tú, al contrario, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara (Mt 5, 16-17). 
          Conocéis, sin duda, el apostolado de la buena palabra, predicada o escrita; pero el de la buena cara, ¿verdad que no estaba catalogado?
          Pues allá voy a ver si lo consigo con estos rengloncillos.
          Si el refrán popular enseña que el mejor partido que se puede sacar del tiempo malo es ponerle cara buena, una experiencia larga y nutrida me ha enseñado que no sólo del tiempo malo se puede sacar partido con esa simple receta, sino de otras muchas más cosas y aun personas.


Qué es


          Y ante todo, lector amigo, hágote saber que esa buena cara de este menudo apostolado no es la cara buena de los tontos o bobalicones que a todo dicen amén, ni la de los payasos, que de todo sacan risa; ni la de los burlones, que todo lo convierten en tijeras; ni la de los caramelosos, que chorrean almíbar hasta el empalago...; no, esas caras no las quiero yo para mis menudos apóstoles.

          La cara buena de mi caso es una cara, ante todo, muy natural (claro, a fuerza de fuerza sobrenatural), con un par de ojos abiertos para mirar con benevolencia a todo el que me busque. Con un par de oídos dispuestos a oír con interés a todo el que me quiera hablar. Con una boca ni arrugada ni estirada por males de genio, de nervios o de humor, sino pronta a entreabrirse para dejar pasar una sonrisa que venga a decir, sin decirlo, algo de esto: ¡Qué bueno es usted! ¡Qué interesante su conversación! ¡Qué ganas tengo de servirle! ¡Qué gracia me hace usted!, y esto a pesar de la revolución de bilis, de nervios o de sangre que las majaderías, insulseces o injusticias, durezas, oídas o presenciadas, levantan o provoquen, y multiplicado por tantas horas cuantas tiene el día y tantas personas agradables o desagradables y tantos asuntos gratos o ingratos que me busquen u ocupen...
          ¿Qué os parece mi cara? Buena, pero... cara ¿verdad?


Lo que cuesta

viernes, 19 de mayo de 2017

El descuido en la práctica religiosa reviste una gravedad mayúscula - Mons. Domingo Salvador Castagna

1.- Sin fe no hay vida cristiana.


 La mediocridad, en la que el mundo actual mantiene sumergidos a sus habitantes, constituye el gran obstáculo a la fe cristiana. A partir de la Resurrección, Cristo no podrá ser visto sino por la fe. Así lo aprenden sus seguidores o discípulos durante aquellos días previos a la Ascensión. El deseo de verlo - como antes - sufrió la desilusión manifestada por Tomás al negarse a creer que el Maestro muerto en la Cruz había resucitado. ¡Qué claro lo afirma el Señor, cuando reitera lo que ocurrirá después de la Resurrección!: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán” (Juan 14, 19). Este texto parece tener como referente el aducido por el Apóstol San Pablo: “El justo vivirá por la fe”. El tema de la fe, que está ocupando el espacio principal en estas sugerencias, no parece despertar mediático interés. Sin embargo, tanto en la enseñanza de Jesús, como en la predicación apostólica, ocupa el lugar central. Sin fe no hay vida cristiana. Sin adhesión personal al Misterio profesado, el mundo no distinguirá el mensaje que le ofrece el Evangelio y la necesidad que tiene de él.

2.- La cizaña de la incredulidad se mezcla con el trigo de la fe. El mal que causa la avalancha de males sobre la humanidad, se llama: incredulidad. Se caracteriza por su clandestina difusión, como la cizaña mezclada con el trigo. La referencia bíblica de la parábola del trigal, amenazado por la siembra maligna de la cizaña, incluye la descripción de una situación actualmente innegable. Su acción invade subrepticiamente todos los órdenes, y debilita a la misma Iglesia. Todo tipo de deserción, en la práctica religiosa, constituye un debilitamiento de la fe. Es preciso, a la luz de las palabras del mismo Jesús, comprender su sentido: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras” (Juan 14, 23-24). La fidelidad a la Palabra - que es el mismo Cristo - es esencial a la fe. La fe está viva por el amor, o por la fidelidad a Cristo. Cuando el Señor elogia la fe de alguien, reconoce la sincera adhesión del mismo a su divina persona. Es la fe que todo lo logra, hasta el traslado de una montaña al mar, comparada al lozano florecimiento de la humildísima mostaza (Mateo 17, 20).

3.- El trágico descuido de la práctica religiosa. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Debemos estar agradecidos a Francisco por el nombramiento de semejante maestro espiritual como cabeza de la congregación que es responsable de la celebración de la liturgia en la Iglesia - Benedicto XVI del Cardenal Robert Sarah

Desde que leí por primera vez las Cartas de San Ignacio de Antioquía en la década de 1950, un pasaje de su Carta a los Efesios me ha afectado particularmente: “Es mejor guardar silencio y ser que hablar y no ser. Es bueno enseñar, si el que habla practica lo que enseña. Ahora, hay un Maestro que habló y lo que dijo aconteció. E incluso lo que Él hizo en silencio es digno del Padre. El que hace suyas las palabras de Jesús es capaz también de oír Su silencio, de modo que pueda ser perfecto: para que pueda actuar a través de su discurso y ser conocido a través de su silencio”(15, 1f.). ¿Qué significa esto: escuchar el silencio de Jesús y conocerlo a través de su silencio? Sabemos por los Evangelios que Jesús con frecuencia pasaba las noches solo “en la montaña” en oración, en conversación con su Padre. Sabemos que su discurso, su palabra, proviene del silencio y podía madurar sólo allí. Así que es lógico pensar que su palabra puede entenderse correctamente sólo si nosotros, también, entramos en su silencio, si aprendemos a escucharlo desde su silencio.
Ciertamente, para interpretar las palabras de Jesús, es necesario el conocimiento histórico, que nos enseña a entender el tiempo y el lenguaje en ese momento. Pero eso sólo no es suficiente si queremos realmente comprender el mensaje del Señor en profundidad. Cualquier persona que hoy lea los comentarios cada vez más gruesos en los Evangelios queda decepcionado al final. Aprende mucho de lo que es útil sobre aquellos días y una gran cantidad de hipótesis que en última instancia no contribuyen nada en absoluto a la comprensión del texto. Al final sientes que, en todo el exceso de palabras, falta algo esencial: la entrada en el silencio de Jesús, de donde nace su palabra. Si no podemos entrar en este silencio, siempre vamos a escuchar la palabra sólo en su superficie y, en consecuencia, no la entenderemos realmente.

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