domingo, 22 de abril de 2012

¿Por qué la liturgia? Comentarios al Catecismo nn. 1066-1070

OFICINA PARA LAS
CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE
En el Catecismo de la Iglesia Católica a la profesión de fe, desarrollada en su primera parte, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la edificación de su Iglesia. De hecho, si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, que depende totalmente del Señor y es sostenida por su presencia.
Así pues, existe una relación intrínseca entre fe y liturgia, ambas están íntimamente unidas. En realidad, sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Y, “por otra parte, la acción litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe. En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual” (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 34).



Si abrimos el Catecismo por su segunda parte leemos que la palabra “liturgia” significa originariamente “servicio de parte y en favor del pueblo”. En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en la “obra de Dios” (CEC, 1069).
¿En qué consiste esta obra de Dios en la que tomamos parte? La respuesta del Catecismo es clara y nos permite descubrir la íntima conexión que existe entre fe y liturgia: “En el Símbolo de la fe, la Iglesia confiesa el misterio de la Santísima Trinidad y su designio benevolente (Ef 1,9) sobre toda la creación: El Padre realiza el "misterio de su voluntad" dando a su Hijo Amado y al Espíritu Santo para la salvación del mundo y para la gloria de su Nombre” (CEC, 1066).
De hecho, “Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación, preparada por las maravillas que Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el Misterio pascual de su bienaventurada pasión, de la resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión” (CEC, 1067). Es este el Misterio de Cristo, que la Iglesia “anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo” (CEC, 1068).
Por medio de la liturgia “se ejerce la obra de nuestra redención” (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 2). Así como fue enviado por el Padre, Cristo envió a los Apóstoles a anunciar la redención y “a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (ibídem, 6).
Vemos así que el Catecismo sintetiza la obra de Cristo, en el Misterio pascual que es su núcleo esencial. Y el nexo con la liturgia resulta obvio pues “por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención” (CEC, 1069). Así pues, esta “obra de Jesucristo”, perfecta glorificación de Dios y santificación de los hombres, es el verdadero contenido de la liturgia.
Es este un punto importante pues, aunque la expresión y el contenido teológico-litúrgico del Misterio pascual debían inspirar el estudio teológico y la celebración litúrgica, no siempre ha sido así. De hecho, “la mayor parte de los problemas ligados a las aplicaciones concretas de la reforma litúrgica tienen que ver con el hecho de que no se ha tenido suficientemente presente que el punto de partida del Concilio es la Pascua [...]. Y Pascua significa inseparabilidad de Cruz y Resurrección [...]. La Cruz está en el centro de la liturgia cristiana, con toda su seriedad: un optimismo banal, que niega el sufrimiento y la injusticia del mundo y reduce el ser cristianos al ser educados, no tiene nada que ver con la liturgia de la Cruz. La redención ha costado a Dios el sufrimiento de su Hijo y su muerte. De ahí que su “exercitium”, que según el texto conciliar es la liturgia, no puede tener lugar sin la purificación y la maduración que provienen del seguimiento de la cruz” (J. Ratzinger /Benedetto XVI, Teologia della Liturgia, LEV, Città del Vaticano 2010, pp. 775-776).
Este lenguaje choca con aquella mentalidad incapaz de aceptar la posibilidad de una intervención divina real en este mundo en socorro del hombre. Por eso, “quienes comparten una visión deísta consideran integrista la confesión de una intervención redentora de Dios para cambiar la situación de alienación y de pecado, y se emite el mismo juicio a propósito de un signo sacramental que hace presente el sacrificio redentor. Más aceptable, a sus ojos, sería la celebración de un signo que correspondiera a un vago sentimiento de comunidad. Pero el culto no puede nacer de nuestra fantasía; sería un grito en la oscuridad o una simple autoafirmación. La verdadera liturgia supone que Dios responda y nos muestre cómo podemos adorarlo. «La Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se entregó antes a ella en el sacrificio de la cruz» (Sacramentum Caritatis, 14). La Iglesia vive de esta presencia y tiene como razón de ser y de existir difundir esta presencia en el mundo entero” (Benedicto XVI, Discurso del 15.04.2010).
Esta es la maravilla de la liturgia que, como recuerda el Catecismo, es culto divino, anuncio del Evangelio y caridad en acto (cf. CEC, 1070).  Es Dios mismo el que actúa y nosotros nos sentimos atraídos hacia esa acción suya, para así ser transformados en Él.


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