lunes, 10 de junio de 2013

El fango - P. Leonardo Castellani

El fango

Papá, ¿voy a la cañada?
-No.
-¿Por qué?
-Porque no.
-No me voy a ahogar. ¿Vos no sabés que el dicho dice “¿Cómo sería la cañada, si un gato cruzó a rebenque?”. No me llega ni a la rodilla.
-Vos te reís de la cañada… Yo te voy a contar un caso que te va a hacer temblar.
El inglés Tedy Reale, administrador del ingenio Los Tilos, que le llamábamos Tero Rial –vos no lo conociste, fue antes de nacer vos-, se entró un día en la cañada… Le quebró el ala a una garza blanca y entró a buscarla. Una garza blanca vale 200 pesos, y además era capricho de cazador sobre todo. Tero Rial era un gran cazador y creía conocer todos los secretos del monte; y los del monte sí los conocería, pero los secretos de la cañada, los secretos del fango, no los conoce a fondo nadie. No tienen fondo. El peón que llevó con él era también forastero. Y dijeron: “El agua nos llega cuando más a la rodilla”.
La garza herida se fue aleteando cada vez más para adentro. ¿Qué anchura tiene la cañada? ¿Quién lo puede saber? En tiempo de seca tendrá media legua o tal vez una. Pero en tiempo de lluvia todo el bajo se inunda. Y cuando encima el río Amores se desborda, ¿quién puede saber las leguas de agua y de barrizal que se extienden debajo del manto verde y mentiroso del aguapé que la cubre? Toda se llena de juncos y totoras, que parece un campo de avena. Un lindo campo. En la paz de la tarde tranquila, el sol lo barniza y el viento mansamente lo ondula. Arriba todo es hermosura y encanto. Las flores blancas y moradas. Los flamencos color de rosa, que parecen también flores grandes vivas. Los patos, las garzas moras, los tuyangos. Un pechocolorado, que se levanta piando y vuela en círculos gozosos. Un charquito color azul aquí y allá donde se pinta el cielo. Y debajo de toda esa hermosura, el barro, el barro hediondo, quién sabe los metros de barro. Así es el vicio. Así es un vicio que vos no conocés todavía.
Pero el inglés calzaba botas y la garza estaba cerca tentándole la codicia. ¡Linda la garcita blanca, delicada y graciosa! Se encaprichó por ella el inglés, que era tozudo. Y van y van. A ratos con dos palmos de barro, y a ratos por casi seco, lo cual los aseguraba. Así es él: ésa es la mentira diabólica del pantano. Así pasa también…
-¿La agarraron, tata, la garcita?
-No sé. ¿Qué importa eso? Un de repente llegaron a una mancha de cañas, y allí pisaron en firme y miraron alrededor. Dijo el peón:
-Nos volvamos, patrón.
Y el inglés dijo:
-¿Qué es aquel grupo de árboles que está allá enfrente? ¿No es el cauce del Amores?
-Se me hace que debe ser –dijo el otro.
-Hay que cruzar la famosa cañada y llegar allá –dijo Tero Rial-. Queda cerca.
Cuando Tero Rial decía Hay que, ya no había vuelta que darle. “¿Queda cerca!” ¿Vos no habías visto en la pampa lo que pasa, un ranchito o unos árboles que parecen que quedan cerca, y uno camina y camina y no llega nunca? Es la otra mentira del pantano. Allacito no más está la dicha y uno mira y desea, y corre y corre, y nunca, nunca, llega. Y las piernas se hundían cada vez más y el barro era más chirle y pegajoso.
-Nos volvamos, patrón.
Pero el inglés maldecía y seguía adelante. Los árboles estaban allí mismo. Procurar pisar siempre arriba en las totoras. Cuidado, plaff… Un charco encubierto, no hay que asustarse, un remojón no más… aunque se han mojado hasta los cartuchos de la canana, maldito sea. Ahora un rodeo, hay allí una res muerta y una pestilencia insoportable… Nos volvamos patrón.
Volverse sí. El rostro del patrón estaba sombrío y bañado en sudor. Pero volverse, ¿era ya posible? La noche se venía corriendo encima y era mejor hacer un esfuerzo sobrehumano y alcanzar, aunque sea reventados, las orillas de allá, que estaban ya mucho más cerca que las de acá. La resolución era desesperada, pero ya no se podía discurrir otra. Si es que aquellas cabezas donde el Espanto había ya echado sus sombras tremantes y traidoras estaban ahora para discurrir.
En efecto, la Cosa Espantosa sucedió. Cayeron en un limazal y se hundieron hasta las caderas y cayó la noche sobre ellos. La luna con su inmenso manto de plata reverberante y las estrellas que se miran en las aguas como en un espejo de acero contemplaron impasibles los manoteos, los chapuzones, el caer de lado y de bruces en el barro, el romperse de las lianas a que se agarraban, la desesperación de los que sienten el piso ceder pulgada por pulgada, la agonía de los cuerpos vivos engullidos por la boca babosa y fatal de la laguna. Y oyeron gritos de horror y maldición desesperadas.
-Máteme, patrón. ¿Le queda algún cartucho? Tíreme, por favor.
Después cesaron los gritos. La cañada es mala y va poquito a poco. La cañada es mala y traidora y enemiga de la especie humana. Nadie puede comprender la agonía de aquella noche. De repente, en medio de la fúnebre pompa del plenilunio, una voz de golpe empezó a cantar. Era el peón Benito. Estaba loco. Y entonces la cañada diabólica empezó a cantar también. Cantó perversamente, con sus millares de grillos, de sapos, de ranas, de juncos que bisbisean, de aguas que gimen, con la voz de los millares de ventosas de barro que engluten. Glu, glu, glu, decía la cañada. ¿No lo has visto al loco Benito, el pobre viejo, cómo aúlla todas las noches de luna llena, sintiendo dentro de su cerebro el horroroso canto del triunfo de la cañada? El dice que la oyó cantar, que decía Glu, glu, glu, que se reía. Y es cierto que la oyó cantar…
-¿Cómo salió, Tata?
-Salió solo. No se sabe cómo salió. Del pantano, si uno no sale solo –y es un milagro de Dios-, ningún otro lo puede sacar; a caballo ni a pie no se puede ir, en barca no se puede ir…
-¿Y el inglés?
-¡Y nosotros que los andábamos campiando por el monte! Jamás pudimos imaginarnos que estuviesen en la cañada, después de tantos avisos… hasta que oímos el tiro de la escopeta Martín del inglés, que tenía voz poderosa, jamás se nos ocurrió que…
-Tata, pero el inglés, ¿qué se hizo?
-Mirá, ¿ves aquella escopeta herrumbrada en un rincón? Una vez, tres o cuatro años después, hubo un riada grande del Amores, venían por el río camalotes boyando llenos de víboras, juncos y basura. En uno de ellos –yo lo encontré- venía esa escopeta y al lado un cráneo partido de un balazo. El resto del inglés, hasta los huesos se los había tragado el pantano.
-¡Tata! –dijo el Gurí apartando los ojos y estremeciéndose todo-. ¡Qué feo! ¿Por qué la guardaste?
-Para mostrarla a mis hijos y decirles: todos los que se entran adrede en el pantano de la lujuria han dicho siempre: “Hasta allí no más voy a llegar. El barro no me llega más que hasta la rodilla”.
P. Leonardo Castellani S.J. en Fábulas Camperas

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