jueves, 4 de mayo de 2017

Apostolados menudos IX (el apostolado de los ángeles de la parroquia) - San Manuel González García

4. El apostolado de los ángeles de la parroquia. 

Algo de historia

   
          Decía yo, siendo arcipreste de Huelva, en la plática del retiro espiritual del primer viernes de agosto de 1911 a las Marías:
          «¡Qué contento estaría yo si llegara a contar en cada calle de mi parroquia con dos ángeles custodios de carne, hueso y alma grande que, en compañía de los ángeles invisibles, de los vecinos de aquella calle, tomaran a pechos el cooperar cerca de esos vecinos a la obra de los ángeles y de su cura!».
          Estos ángeles de la calle -proseguía yo- tendrían a su cuidado el velar por los enfermos de la misma calle, de cuya alma nadie se acuerda; por los pequeñuelos no bautizados por abandono de sus padres; por los niños sin escuela o en escuelas malas; por los viejecitos y doncellas sin amparo; por los descuidados en el cumplimiento pascual y de los días festivos; por los aficionados a lecturas peligrosas o malas y por todos los que de alguna manera están alejados de la parroquia y de los sacramentos.
          La obra de estos ángeles de la calle ha de ser obra de atracción a la parroquia, obra de procurar el contacto entre las necesidades, tanto espirituales, como morales y materiales de la feligresía, con su madre la parroquia y su Padre el párroco.


Necesidad de los ángeles


          Hace urgente esta obra el aislamiento, cada vez mayor, en que van quedando las parroquias, sobre todo, las de numerosa feligresía.
          En estas parroquias, de una parte, la escasez de clero parroquial; de otra, sus múltiples atenciones y ocupaciones, impiden o dificultan el que el párroco pueda dedicarse a visitar y conocer a sus feligreses, como desea y manda la santa madre Iglesia, fundada en las palabras del Maestro: «El buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él.»
          Es un hecho tan triste como cierto que en esas parroquias el párroco vive tan desconocido para la mayor parte de los vecinos como uno cualquiera de éstos.
          Preguntad a muchos de los vecinos de esas calles de casas de seis y siete pisos por el nombre de su cura, ¿qué digo su cura?, de la parroquia a que pertenecen y no sabrán dar respuesta.
          Y no se crea que se trata de impíos que tienen cortada toda comunicación con la iglesia, sino que en multitud de casos se trata de cristianos y cristianas que tienen adornadas sus casas con cuadros de santos y que oyen misa de cuando en cuando y hacen novenas a sus santos favoritos.
           Nosotros, los que estamos al frente de parroquias populosas, sabemos por triste experiencia toda la espantosa verdad de ese abismo que hay entre innumerables feligreses y su parroquia.


Un caso


          Yo llevo al frente de mi parroquia cerca de diez años, cruzo a pie mi feligresía en todas direcciones con bastante frecuencia, entro en donde me dejan, saludo a todo el que me mira, hablo con todo el que me encuentro, tengo en las escuelas del sagrado Corazón cerca de mil chiquillos, que se renuevan incesantemente, y predico dentro y fuera de mi parroquia. Y, a pesar de todos estos medios de promulgación, todavía de entre mis cerca de veinte mil feligreses, tengo algunos que no saben cómo me llamo, y que, cuando se acercan a mí para algo que les tiene cuenta, me preguntan por el cura de la parroquia, y, sin que se tome a andaluzada, no son pocos los que se llegan a las puertas de mi casa preguntando a mi padre si él es el arcipreste de Huelva... y cuenta que entre otras insignias arciprestales, ostenta mi padre unos hermosísimos bigotes.
          Y es lo que me digo: si estas gentes no conocen a su cura, ¿qué interés van a tener en llamarlo a sus casas cuando estén enfermos y en asistir a las funciones y sermones de su parroquia y qué medios le quedan al párroco de enterarse de sus enfermedades y apuros?
          Y así van corriendo los tiempos y los acontecimientos, dejando cada vez más solo al cura en su parroquia y cada vez más apartados de él a sus feligreses. Y esta incomunicación ¡es tan funesta!


Una pregunta


¿Cómo salvar ese abismo entre la parroquia y sus parroquianos? ¿Quién o qué tenderá el puente por el que el cura vaya a sus feligreses y los feligreses a su cura?
          A eso va la obra de los ángeles de la calle.
          A multiplicar los ojos y los oídos y las manos y el corazón y el celo del cura, a fin de que puedan llegar a todas las casas de su feligresía; a poner bocas en la puerta de cada casa que repita en ellas lo que aquellos vecinos no quieren oír en su iglesia, a hacer y a decir sensiblemente lo que invisiblemente están haciendo los ángeles de aquellas pobres almas apartadas...


¿No os gusta,


          terminaba yo la plática a mis Marías, no os gusta ese oficio de ángeles de vuestra calle? ¿No es, después de todo, parte de vuestro oficio de Marías, que habéis de buscar compañía para vuestro Sagrario? ¡Qué dos títulos tan preciosos para ganarse el cariño agradecido del Corazón de Jesús: María de su Sagrario y ángel de su parroquia!
          Ahora, vosotras responderéis.
          ¿Cómo me respondieron?
          No muchas, que nunca estas obras de trabajo y pisoteo del amor propio tuvieron bulla de golosos, pero sí muy decididas y valientes se me presentaron en demanda de 


Instrucciones para los ángeles


          Las que les di, atendiendo a que no contaba con ángeles para todas las calles, fueron:   
1ª Que formando parejas fueran cada una de éstas, en la calle de su custodia, de casa en casa y de piso en piso, invitando a sus vecinos a que entronizaran en sus hogares el sagrado Corazón de Jesús.   
2ª Con el fin de que esta entronización fuera real y no aparente o meramente oficial, que trabajaran porque a la entronización precediera la confesión y comunión de toda o la mayor parte de la familia.
          3ª Que para salir al encuentro de dificultades, los ángeles se ofrecieran a tener y cuidar los niños pequeños de las madres pobres mientras iban al templo, a preparar a los que alegaran ignorancia, el examen de conciencia y demás disposiciones para la buena recepción de los santos sacramentos.
4ª Que el Banco del Amo regalaría los cuadros de la entronización, con marco, cristal y todo a los que no pudiesen comprarlo.
          5ª Que se contentaran con proponer, invitar y suplicar y que evitasen a todo trance las discusiones con los vecinos visitados.
          6ª Que de camino preguntasen con discreción sobre el bautismo de los pequeñuelos y el casamiento de los padres.
          Y 7ª Que no perdieran de vista que, sacaran o no fruto visible, siempre ganarían, por lo menos, haber dado gusto al Corazón de Jesús y cooperado con Él a la salvación de las almas.


En marcha


          Preparadas con estas instrucciones y con los alientos y la bendición, que, sin duda alguna, debió darles el Amo desde el Sagrario, se echaron a la calle mis parejitas de ángeles el lunes siguiente al primer viernes de la invitación.
          ¿El resultado?
          En confianza os diré que todo el valor y aliento que yo había tratado de infundir en los ángeles me faltaba a mí. Sufría, por anticipado, como hechos a mí los fríos recibimientos, las malas caras, las respuestas duras, los tratos groseros que me temía encontraran en no pocas de sus visitas.
          ¡Ahí era nada presentarse en las casas de feligreses obreros, lectores asiduos de periódicos rabiosos muchos de ellos, que jamás van a la iglesia y que pasan los veinte y los treinta años sin confesar ni comulgar, y presentarse no a darles bonos de pan o buenos acomodos, sino a proponerles lisa y llanamente que confiesen y comulguen y vayan a misa y coloquen en lo principal de sus casas como a Amo y Señor al Corazón de Jesús!
          Les digo a ustedes, para confesión y confusión de mi falta de confianza, que la primera tarde que salieron los ángeles, entre las que mandé a mi propia hermana, sudé todo lo sudable y temblé como en mis buenos tiempos de estudiante en vísperas de examen.
          ¡Desconfiado de mí! ¿No debía saber yo que el generoso Corazón de Jesús no podía dejar solas a aquellas valientes? ¿No debía esperar hasta un milagro en favor de aquellas enviadas suyas que sólo contaban con Él y sólo por Él trabajaban?


¡Que lección


          recibí aquella tarde y he seguido recibiendo después!
          Cierto que los ángeles de mi parroquia se encontraron con alguna de aquellas cosas desagradables que yo temía; pero cierto también que ellas, como yo, vemos sorpresas agradabilísimas y que tan cerca sentimos el auxilio del Amo, que sólo por su invitación, familias enteras, totalmente incomunicadas con Dios durante veinte y hasta cuarenta años, se reconciliaron con Él; multitud de niños, ya mayores, se bautizaron, y no pocos ayuntamientos se santificaron.
          La siguiente lista de entronizaciones del sagrado Corazón de Jesús da una idea del fruto obtenido con la visita de los ángeles.
          Primer Domingo. - Seis.
          Segundo. - Cuarenta y seis.
          Tercero. - Ochenta y dos.
          Cuarto. – Sesenta
Y así en adelante.
          Añádase a estos datos el no menos expresivo de que la mayor parte de los individuos de esas familias confesaron y comulgaron, no faltando quien hiciera su primera comunión, a los cincuenta años, y a otras edades, también altas.    ¡Qué generosidad la de nuestro Amo!
          Capítulo aparte merece el relato de otros resultados y de no pocos edificantes pormenores de estas entronizaciones, que a los que los hemos visto, como a los que los conozcan, harán repetir muchas veces:
          «¡Qué generosidad la de nuestro Amo!».


Los ángeles en acción callejera


          Tomándolo de El Granito de Arena de entonces, voy a contar a los amigos una de las muchas fiestas que celebraron por barrios obreros de entronización del Corazón de Jesús, y de aquí podrán colegir lo mucho y bueno que recogieron estos ángeles.

          Dice «El Granito»: «Después de haber recorrido de punta a cabo una calle y de haber invitado a sus vecinos masculinos y femeninos a que entronicen, primero en sus almas, con una buena confesión y comunión, y luego en sus casas al Amo bendito, señalan de ordinario la tarde del domingo para la fiesta de la entronización.
          Se escoge una casa de zaguán o patio amplio y sobre un altarito con la más vistosa colcha de la calle y adornado con las flores de todas las macetas vecinas, se colocan graciosamente distribuidos, todos los cuadros del sagrado Corazón que han de ser bendecidos.
          Es frecuente, también, que las ventanas y balcones de la calle luzcan colchas y blondas de lo más guardadito en el fondo del arca.
          A la hora señalada, encontraréis a más del padre vicario o uno de sus coadjutores y la pareja de ángeles de la calle, a todos los vecinos de las casas apalabradas, a los chiquillos de la calle e islas adyacentes, abonados perpetuos a todo espectáculo gratuito, y a la banda de música de las escuelas del sagrado Corazón dispuestas a agasajar a su Amo con los más finos y sonoros de sus acordes.


Reunidos todos


          en medio de la calle, si el altar se ha colocado en el zaguán, o en el patio de la casa, si se ha colocado en éste, y obtenido el silencio compatible con el concurso y el local, procede el sacerdote a la bendición de las imágenes y a la recitación, con voz de todos sus pulmones, del acto de consagración de todas aquellas familias.
          Una marcha real, tocada con todas sus ganas por los chiquillos de la banda, acompaña la colocación del cuadro en el sitio principal de la casa, que lleva a cabo el jefe de ella. Fórmase a continuación una procesión, con niños y niñas de la calle, llevando cada uno un cuadro sobre el pecho para hacer su distribución por las casas.


Es un espectáculo


          por demás pintoresco el de esas procesiones extralitúrgicas. Los ángeles, que van a la cabeza, se detienen ante las puertas de las casas que quieren entronizar al Amo, detiénense todos y, adelantándose el sacerdote, toma en las manos de uno de los niños un cuadro y lo entrega al o a la jefe de aquella casa, que lo recibe de rodillas, mientras dice: Aquí tenéis al Corazón de Jesús que quiere reinar sobre vuestra casa, ¿lo recibís de buena voluntad?.
          De ordinario la respuesta es más llorada que hablada.
          Que Él reine siempre y os bendiga a todos, y coreada por el canto de los niños y de los ángeles, del himno nacional del sagrado Corazón, y por los acordes de la música y por los truenos de algún que otro cohete, sigue la procesión avanzando por la calle y deteniéndose ante las puertas hasta distribuir el último cuadro.


Cierto


          que no todo es vida y dulzura en estas fiestas, que no faltan puertas cerradas en señal de protesta, y puertas entornadas por respeto humano y caras desdeñosas o feroces y otros agasajos del tiznado, pero también es cierto que el Corazón de Jesús entra en aquellas casas, no de contrabando, sino con las puertas abiertas de par en par, y en ellas se queda, no para estar ocioso, sino para seguir ejerciendo entre aquellas pobres familias sus oficios de Salvador y maestro. ¡Tiene en esos barrios tanto que iluminar, que curar, que consolar, que salvar!


Si vieran ustedes


          con qué dejo tan sabroso nos retiramos de esas fiestas, ángeles y Marías, chiquillos y músicos, espectadores e invitados, contentos todos de haber contribuido a levantar nuevos tronos al buenísimo Corazón de Jesús, en donde quizá por muchos años lo habría tenido levantado el demonio! Y que éstos no son tronos de un día, sino de duración, lo acredita lo que os voy a contar.


Los frutos


          ¡Vaya si van siendo duraderos los frutos de este nuevo apostolado angélico parroquial!    En la tierra, a pesar de todas sus malezas y espinas, de sus durezas y sus hielos, no hay semilla más fecunda que el sacrificio.
          Y más fecunda cuanto esos sacrificios están más llenos de amor santo y puro del Corazón de Jesús.
          Y como sacrificio, y de éste bueno, bueno, es el que van sembrando estos ángeles, no hay que extrañar que el fruto se venga a las manos copioso y duradero.


Aparte


          del fruto interior de cada cual, que de cierto sólo ve Dios, y por conjeturas ya vamos viendo los demás, y aparte de las trescientas entronizaciones, con su correlativo número de confesiones y comuniones que van obtenidas hasta la fecha, puedo anotar como fruto cierto de la siembra de los ángeles de mi parroquia:
          1º El número, bastante crecido, de niños grandecitos rezagados que van siendo bautizados.   
2º El aumento muy considerable, me atrevería a decir, de un ciento por ciento, de asistencia a la misa de precepto y a los cultos de la parroquia.
Las novenas celebradas desde que está funcionando la obra de los ángeles de la parroquia, y, entre ellas, la de la Patrona, se han visto concurridas como nunca.
          3º La frecuencia de sacramentos de gentes que hacía veinte y más años que no los recibían.   
4º Y éste es un fruto muy estimable: el apostolado que empiezan a ejercer los mismos atraídos por los ángeles entre sus vecinos y conocidos.
          Gracias a este apostolado popular, ya se van presentando feligreses de los desconocidos, pidiendo que se vaya a su casa a poner el cuadro del Corazón de Jesús, como el que han puesto en casa de tal o cuál vecino.
          Y 5º Sin pretenderlo directamente, la colocación de la imagen del sagrado Corazón de Jesús en lo principal y más visible de la casa, está dando una buena batida al respeto humano y está metiendo a valientes a no pocos acobardados.
          Las burlas y los ataques que de los vecinos de la cáscara amarga reciben por haberse metido en eso del cuadro, quizá en algunos casos intimiden a alguno. Pero se observa que en otros muchos casos, lejos de meter a los atacados para adentro, los echan más afuera y confirman más en el buen camino empezado.
          Tengo noticias de algunas batallas caseras libradas en torno a la dulcísima imagen del Corazón de Jesús y de no pocas victorias alcanzadas por la firmeza de fe y denodado valor de quienes hace poco no se hubieran atrevido ni a hacer la señal de la cruz en presencia de un niño.


Un gran fruto


          he sacado para mí, también, de esta campaña angélica.
          A más de los alientos con que he reforzado mi esperanza, no pocas veces tentada en ese flaco, he sacado y sigo sacando la experiencia de que, si bien es cierto que hay muchas almas que no vienen porque positivamente no quieren ni querrán nunca nada con Jesucristo, y otras que no vienen porque no se lo pide el cuerpo (¡no dan más razón que ésa!); también es cierto que hay muchas más almas que no vienen porque no se les ha acercado nadie a decirles en serio: Venga usted.
          ¡Qué claro estoy viendo estos días por qué el maestro mandaba con tanta insistencia a sus apóstoles ir! Id y enseñad; pero no esperando que vengan, sino yendo a que oigan...


Quiero cerrar


          estas notas que sobre esa modestísima obra de celo de los ángeles de mi parroquia he ofrecido a mis hermanos los sacerdotes, y especialmente los párrocos por si quieren ensayarla con las modificaciones que su celo y las circunstancias les aconsejen, con este pensamiento del Evangelio.
           Hay muchísimas almas que se quedarán perpetuamente ociosas e inactivas para el negocio de su salvación, si el padre de familia no sale con frecuencia a la plaza a buscarlas y a invitarlas a trabajar en la viña.
          No se teman dificultades insuperables: la mayor parte de esas almas paradas no opondrán más razón ni obstáculos que el de los cesantes del Evangelio: No hemos tenido a nadie que nos conduzca...
El arcipreste de Huelva».

          Y con esas mismas palabras cierra el obispo de Málaga la presentación del apostolado de los ángeles de la parroquia, añadiendo que las Marías, enteradas de su oficio, están haciendo de ángeles a las mil maravillas.


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