martes, 2 de mayo de 2017

Apostolados menudos VII (el apostolado de la santa curiosisad) - San Manuel González García

2. El apostolado de la santa curiosidad


          El Apostolado es obra, ante todo, de contacto y como medio decisivo de ese contacto quiero presentaros, entre serio y broma, pero con toda la sana intención de que soy capaz, este extraño apostolado de la santa curiosidad.
          Reíd lo que queráis, pero no retiro ni una sola palabra.
          Y para demostrároslo empezaré por la última palabra, no siempre se va empezar por la primera.


Curiosidad


          Seguramente todos los que nos preciamos de tener buen sentido, hemos protestado contra ese feo vicio que ha dado en llamarse femenino y que sabemos que a veces es común a los dos sexos.
          Y vedme ahora con toda mi seriedad encaramarme en lo alto de la tribuna de la prensa para deciros: ¡Hay que ser curiosos!
          Se encuentra uno en la calle una niñita pobre que lleva en la mano un vaso o un bote con la etiqueta de la botica; pregunta de curioso al canto: «Niña, ¿quién está malo en tu casa? ¿Desde cuándo? ¿Qué tiene? ¿Quién te lo gana?...». Las respuestas de estas preguntas ponen a usted, cura o catequista de aquella niña y de su familia, en conocimiento de un enfermo y quizá de un necesitado de los auxilios de su ministerio y de su caridad.
          Además, la palabra de aquella niña, repitiendo cerca de su madre enferma las preguntas llenas de cariñoso interés del sacerdote, no sabemos hasta dónde penetran y qué saludables disposiciones despertarán.
          Se encuentra usted, sacerdote, a un obrero con la mano vendada o en cabestrillo; una viejecita sentada en el umbral de la casa, fatigada del mucho andar; una mujer que pasa llorando, un joven con cara de convaleciente o de enfermo; un niño que le besa la mano o le mira con interés... ¡Curiosidad al canto!
          ¿Qué le pasa? ¿Cómo fue eso? ¿Necesita usted algo? ¿Quiere que le ayude? Y ¡eche usted preguntas y no se canse! que aquellos pobrecitos a quienes, sin conocer, acomete, no sólo no extrañarán su curiosidad, sino que la recibirán como gota aliviadora de consuelo.    Sus caras, agradecidas, se lo dirán.
           ¡Pobrecillos los pobres!
          ¡Despiertan tan poco interés a su paso por el mundo!
          ¡Cuántas, cuántas veces les he oído este gran argumento de la bondad y caridad de las personas que ellos quieren: mire usted, nos quiere tanto y es tan bueno, que no pasamos una vez por su lado que no nos pregunte por la familia y por las cosas que nos pasan!
          Y por eso llamo

          Santa a esa curiosidad.

           Porque no es el apetito desordenado del chisme, ni el insoportable métome en todo de los colados, sino el fino, delicado, caritativo interés de saber y descubrir miserias, enfermedades, penas, alegrías, desolaciones o triunfos para derramar sobre ellos la irradiación de la luz y el condimento de la sal de que nosotros, los sacerdotes, somos depositarios y distribuidores.
          Curiosidad santa, porque es efluvio de la santa caridad en que debe consumirse el corazón de un pastor que ansía conocer a sus ovejas y ser conocido de ellas.
          Santa, porque es instrumento del celo que se ingenia con introducirse y multiplicarse.
          Santa, porque, empezando en la pregunta, al parecer indiferente, no se detiene, sino en la conquista para el amor del Corazón de Jesús de las almas por quienes se interesa.


Casos


          De este apostolado los tenéis en el Evangelio. Abrid por cualquiera de sus páginas y veréis al maestro santo, al Padre bueno, ejerciendo este menudo apostolado.
          ¿Por qué lloras? ¿Que quieres que te haga? ¿Qué quieres? ¿Tú crees? ¿Qué buscáis? ¡Si tú supieras!... Y aquellas mil y mil preguntas dirigidas a otros tantos necesitados en mitad de la calle, en la puerta del templo, en el campo, en donde quiera que los cogía.
          Y ¿recordáis los milagros de alientos, de renovación de vida, de ensanche de corazones, de resurrección que obraban aquellas preguntas de santa curiosidad?
          Yo también los recuerdo, al par que, sin poderlo impedir, pasan por mi cabeza y por mi corazón los daños de muchas, muchas pobrecitas almas que se consumen de pena o de miseria, porque no han tenido la dicha de que sobre ellas se inclinen apóstoles de Jesús a ejercer aquella santa curiosidad del maestro...


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